Escúchame. Creo que no tengo nada más que decirte después de esto. Creo que tus córneas ya se empaparon de mis imperfecciones y tus oídos se saturaron de mis excusas. Nunca las creas; pero escucha.
Escucha que hoy es el último día que te haré reír. Presta atención a mis rasguños porque van a cicatrizar. Las marcas que queden dejarán ríos en mi piel y cargarán tu nombre, tu pena. El cansancio goteará por tus dedos hasta penetrar tus huesos. Estos se harán frágiles y te quitarán las ideas que tanto te pesan. Tus tobillos ya no se hundirán con las voces que te hacen tropezar. Reptarás por el resto de tus días como una silueta malcarada sin una voz que te soporte y un agujero en el pecho que el mundo podrá ver. No será algo malo; las personas deterioradas son pasadas por alto la mayor parte de veces. Nadie te amarrará a sus zapatos ni te arrastrarán en el trayecto. Respira tranquila. Ahora, cállate y presta atención. Desde ahora, tus caídas y la gravedad que te sujeta a la tierra no existen. El peso de tu cabeza ha sido incinerado por tu mal juicio. Descansa porque ahora eres solo humo, memorias y muerte. Mi muerte.