viernes, 24 de octubre de 2008

guatifoc?


Se muere, desahoga, desmaya en papel
El fluido de emociones la vuelve a quemar
Deja, revienta y vuelve a pensar
La soledad de la imaginación
La cordura de la sin razón
La hallan, la gozan y hacen cesar.

Sus emociones la dejan vacía
Carcome el silencio en zalamerías
Entierra conceptos, preceptos de engaño
No ríe, no piensa, no encaja el tamaño
La tierra come su alma descalza,
La lucidez de su día no alcanza
Aguarda la decepción de su propia fe...
Su idea es de sombra sin ser.

Se entierra en palabras
Palabras de aliento
Brotan anestesiadas por un soplo de viento
Se alimenta de vocablos amargos
Se desvela sin miedo al letargo
Sintiendo, la somnolencia
Engendran la estupefacta tendencia
De ser azotada

Ruge, fracciona, desgarra
Los pensamientos de una cabeza liada
Sin el poder de la lucidez
Que pide en su sano juicio
La diferencia de un vicio
Sin un recreo palpante de a tres

No cree en las hadas
Olvida las mentiras que piden no ser desatadas
Encuentra los cuerpos de nubes
que suscitaron derrumbes
y oscurecieron de dogmas
en memorias de cuentos y rondas,
las que no piden el cadáver dorado
de un sol que padece inflamado

revive en su cuerpo
retiene su propio resuello
en la soledad del pensamiento.

sábado, 4 de octubre de 2008

Asfixiadas, Cerezas y Purpurina *

Entre versos y carcajadas sumergió su sonrisa de avellanas
puso lo banal en su cabeza y glorificó lo que pudo disfrazar de inocencia
Enterró el frío terciopelo de sus dedos en un poco de cordura
y supo volar.

Sus alas helaron lo cercano y cubrieron toda falla dócil,
la luz no volvió a cegarla,
su piel descansó entre el extravío.

La vi pasar entre el fresco estupor de un otoño sin oxígeno
y entendí la pausa que causaba su perfil en la lluvia ácida del mediodía.
El gesto de su ceño era impermeable a cada lágrima,
los escalofríos se peleaban por surgir.

El tiempo detenido entre su olfato moría en cada paso
sus pisadas orgánicas desaparecían entre la melodía
los rayos de luna se perdían en su pelo sin color
y yo pendía de su cuello sujetada entre equivocaciones.

Sus manos soltaban fragmentos de jazmín
con cada roce, nacía un error
con cada error, su mirada caía
y con cautela, moría su simpleza.

Nos balanceábamos entre las redes de un tumulto carmesí
las paredes absorbían nuestra vida.
Planeábamos cada episodio con agudeza
cruces de lunáticas estancadas en la esfera
tatuando huellas digitales entre el infinito.

Nuestro atardecer fue sutil
un equinoccio de velas y disturbios
quedamos en incendiar nuestras caras
y resolvimos pensar