La tocas
sientes las rajaduras que dejó la humedad
No te importan
Bajas la mano, aprietas el puño
volteas al espejo y ves el reflejo de tu disfraz
pálido, convalesciente
Ya no eres humano.
Eres el animal que aplastaron las muecas de verano
eres la colilla de cigarro que perdió su calor.
Eres las 5 de la mañana sin sol
Sin vida, sin mente.
Y cierras los ojos para no pensar
Sigues apretando los puños hasta sentir tus uñas clavarse en tu piel
y tu cabeza morada llena de ideas
de angustia, de faltas de respeto,
y un solo dios que te deja sin aire: tu ego vacío.
Pero nadie te pidió que te pusieras la corona.
Nadie te pidió que guardaras mis gritos.
Sólo los saboreaste en el infierno de las respuestas
y los 18 finales de mentira.
Y mis lágrimas intentaron ahogar tu alma
pero no la encontraron.
Se secaron con el juicio con el que intenté buscarte
con la melancolía de poder encontrarte en mi madriguera de sangre
entre mis costillas y mis ansias,
y las malditas palabras que arrancaron mis pupilas.
Ya no vuelves más.
Ya no vuelves a mí.
Vuelves a tu final sin historia.
A tus cuentos y al vicio de ti
el que nunca compartiste.
Y no existes.
Ni tú, ni tu silencio.
Y tu ausencia desaparece como si no me hubiera tocado.
Y mi cerebro respira sin tus días púrpuras ni tus lunares rancios.
Y descansa, descanso (como un anfibio).

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