Tu enfoque se dirige de nuevo a ti, empiezas con tus manos. Tienes las venas marcadas, el frío las vuelve moradas. Te das cuenta de que se parecen mucho a ti: lacias, desgastadas y no tienen gracia; en fin, son tuyas. Las quieres juntar para ver si entran en calor, pero no lo harás porque tu cuerpo es un completo témpano y sabes que no funcionará. Las piernas te tiemblan porque no las sabes usar. Tu figura es un desparpajo; pero ya no te molesta tanto, a veces la puedes disfrazar.
Te intentas tocar la cara, pero tus manos no se mueven. Te desesperas. Intentas cerrar los ojos, pero te sigues viendo. Te falta el aire, inspiras y no lo sientes entrar. Te empiezas a preocupar. Gritas, pero la gente sigue pasando. Los odias cada vez más. Cuando tu garganta ya está seca, das dos pasos hacia atrás. Te ves escondida en ese rincón, inmóvil. Te das cuenta que la gravedad solo plantó tu cuerpo y nada más. Resignada, te das media vuelta y te alejas del organismo que te encerró en su miseria. Ahora no te puede perseguir.
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