viernes, 2 de julio de 2010

Correspondencia ausente

Las tareas te agotan. Estás sola otra vez en un mundo que te traga entera. Desde tu rincón, ves cómo la gente pasa sin mirarte: no eres nada para ellos. Miras el cielo, con su pesadumbre, cargado de secretos, subestimado. Te imaginas flotando sobre él, mirando hacia abajo, viendo las cabezas de la gente horrible que ahora te ignora. Te despiertas, te estanca la realidad. Miras el suelo y sientes la melancolía de haber perdido la vida en un destello. La gravedad te empuja violentamente sobre él y te obliga a aprender a cargar tu propio peso. Otra vez te sientes exiliada del mundo.
Tu enfoque se dirige de nuevo a ti, empiezas con tus manos. Tienes las venas marcadas, el frío las vuelve moradas. Te das cuenta de que se parecen mucho a ti: lacias, desgastadas y no tienen gracia; en fin, son tuyas. Las quieres juntar para ver si entran en calor, pero no lo harás porque tu cuerpo es un completo témpano y sabes que no funcionará. Las piernas te tiemblan porque no las sabes usar. Tu figura es un desparpajo; pero ya no te molesta tanto, a veces la puedes disfrazar.
Te intentas tocar la cara, pero tus manos no se mueven. Te desesperas. Intentas cerrar los ojos, pero te sigues viendo. Te falta el aire, inspiras y no lo sientes entrar. Te empiezas a preocupar. Gritas, pero la gente sigue pasando. Los odias cada vez más. Cuando tu garganta ya está seca, das dos pasos hacia atrás. Te ves escondida en ese rincón, inmóvil. Te das cuenta que la gravedad solo plantó tu cuerpo y nada más. Resignada, te das media vuelta y te alejas del organismo que te encerró en su miseria. Ahora no te puede perseguir.

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